"Que otros canten las armas y a los héroes, los abismos del ser o la complejidad del universo.
Dejadme a mí que diga la gracia irrepetible de esta tarde de noviembre, la efímera hermosura de la luz que acaricia Central Park y lo convierte en un sueño"
Casey, Casey Affleck. ¿Dónde diablos ha estado metido todo este tiempo? Quizá el éxito de su hermano Ben le haya eclipsado, pero ahora sabemos que es uno de los mejores actores jóvenes del panorama actual. Posee carisma, sensibilidad en la mirada, contención y un registro capaz de oscilar entre el patetismo del cobarde Robert Ford en El asesinato de Jesse James y la determinación de este investigador privado –una buena persona, una conciencia andante– que sabe nadar entre las cloacas de los suburbios de Boston.
Ben, Ben Affleck. ¡Qué grata sorpresa! La fiebre actual de los “diractores” alcanza su cima en esta película dirigida y coescrita por este elegante actor que ya guarda un Oscar en su baño por el guión de El indomable Will Hunting. Como buen primerizo, no todo son parabienes: se le va la mano en la resolución, algo grotesca, del caso criminal. Aún así, el bajón estructural se compensa con un tenso ritmo narrativo, una atmósfera inquietante y una afinada dirección de actores donde, aparte del virtuosismo de su hermano Casey, despuntan los acordes del genial Ed Harris –a quien no se le conoce aún una mala actuación– y las estridencias de la madre yonqui que interpreta Amy Ryan.
Podemos afirmarlo: Ben Affleck será mejor detrás de las cámaras, como Clint Eastwood. La referencia no es gratuita, puesto que Adiós, pequeña, adiós puede leerse como la hija mayor de Mystic River, la última obra maestra del antiguo cowboy. El Boston menos glamouroso, los viejos pecados que claman su penitencia y esos secretos escondidos en el jardín trasero. Ambos filmes se nutren de la novelística noir de Dennis Lehane, un sinónimo literario de la ambigüedad moral. El bien y el mal se diluyen en un rojo sangriento en este relato de secuestros y engaños, de drogas y policías corruptos. El rapto de la joven Amanda, de 4 años, desencadena un argumento enrevesado –como todo cine negro que se precie– donde dos detectives, Patrick Kenzie y Angie Gennaro, tendrán que desenredar la madeja de una verdad que se escurre entre las sombras.
Excesivas mentiras. Demasiadas pistas falsas. Demasiado “ojalá la verdad no fuera esto”. Pero es, es esto. Y en pocas ocasiones un final feliz deja un sabor tan, tan amargo.
(Es una viva recomendación para la cartelera española, aunque allí, lo siento, veréis otra película: la doblada).
Un blog no es sólo de su autor. También es de quienes escriben en él y de aquellos que lo leen.
Desde el Toboso nos dedican a todos unas elegantes reflexiones, teñidas de sutilidad y temple, cocidas con el fuego lento del pensamiento político más profundo.
Al parecer, estas meditaciones sociohistóricas son más propias de Lorenzo que de Aldonza, pero, bueno, Sancho, tampoco nos vamos a poner picajosos a estas alturas del partido, ¿no?
Como pasar una noche con Boris Izaguirre y, a la mañana siguiente, conocer a Julia Roberts. Ésa es la diferencia entre Nueva York y el D.C.
Washington es majestuoso, imperial y burocrático: un París bruselizado. Una ciudad-estado atravesada por el Potomac, un pedazo de tierra arrancado a Maryland y Virginia donde se concentra el mayor poder por metro cuadrado del mundo. Está la hermosa admiración a los padres de la patria (Washington, Lincoln y Jefferson), la respetuosa memoria de los caídos (desde la Gran Guerra hasta Vietnam), el cementerio de Arlington y la nostalgia por no poder haber conocido al presidente Bartletto a Josh Lyman discutiendo con CJ.
Si el D.C. es la política, NY es la economía. Dicotomía perpetua: orden/caos, tranquilidad/agobio, metro reluciente/infierno cotidiano, cientos de miles/millones de personas, National Gallery/Metropolitan Museum, desierto nocturno/noches agitadas, atardeceres en el parque/amaneceres resacosos, seguridad/miedo, elegancia/pastiche, adosados familiares enGeorgetown/lofts individuales en Manhattan.
Allí, puedes pasear por el Mall -auténtico corazón de la ciudad- a las 23.30, con la convicción de que si a cualquier quinqui le da por atracarte, en 0'0026 segundos aparecerán ochenta y siete agentes secretos camuflados de árbol y armados hasta los ramas para proteger al Presidente y los Congresistas.
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Ah, y de regalo, una fascinante retrospectiva de Hopper en la National Gallery: grises de colores, aullidos de soledad, Carver hecho pintura.
Aparquemos la redención del D.C. para atacar lo urgente: Halloween.
¡¡Vaya despropósito!! Vendían el desfile como el no-va-más, capaz de competir con el Carnaval de Río. ¡Quiá!
No recuerdo chapuza igual desde que Nina apareció en Eurovisión. La culpa, como siempre, es del cine y del material que fabrica los sueños: cincelan nuestro imaginario con grandes historias de Halloween, con la urbe disfrazada y, si es posible, algún asesino escondido entre la multitud. Glamour, fanfarria, colorido y mucho garbo. ¡Y una leche!
Ayer, en el macrodesfile del East Village -una suerte de Chueca estilizado- el referente que martilleaba mi subsconciente era el de Belén Esteban emulando a Madonna en Tenerife. Oshea: caspa por doquier.
Unos que se pintaban una sombra de ojos y ya se creían Jack Sparrow redivivo; la chinita que se colocaba una media azul en la cabeza y, cual Stanislavski, se metía en la psicología de Marge Simpson; laberintos del fauno de todo a cien; un Andy Gibb negro que desafinaba más que Enrique Iglesias y bailaba peor que Queen África...
En fin, que los disfraces parecían hechos en clase de manualidades y las coreografías que jalonaban el recorrido ensayadas en el patio del parvulario. Ni siquiera las palmas de Thriller (todo un clásico para disfraces de grupo) eran capaces de ir acompasadas.
Pufoween, Hallobluff, Patheticween, Caspaween... para qué seguir.
Fui ingenuo: no recordé que Nueva York es eso, Nueva York. Un caos.